Te das la vuelta y no hay nada.
Nunca hay nada.
El frío te abrasa, recorre cada centímetro de tus nervios, recordándote que el hielo también quema.
Y lloras, no sabes por qué, no sabes por quién.
Y lloras.
Porque de alguien hay que morir.
Lloras.
Te sientas en uno de esos escalones polvorientos en los que juraste no sentarte jamás.
Y lloras.
¿Qué más da?
Te dejas llevar por el viento, o el viento se deja llevar por ti.
Ya nada importa.
Tan sólo tú. Tan sola tú.
En el borde del precipicio.
Ya no hay frío que te abrace.