martes, 22 de julio de 2014

Frío

Te das la vuelta y no hay nada. 
Nunca hay nada. 
El frío te abrasa, recorre cada centímetro de tus nervios, recordándote que el hielo también quema. 
Y lloras, no sabes por qué, no sabes por quién. 
Y lloras. 
Porque de alguien hay que morir. 
Lloras. 
Te sientas en uno de esos escalones polvorientos en los que juraste no sentarte jamás. 
Y lloras. 
¿Qué más da? 
Te dejas llevar por el viento, o el viento se deja llevar por ti. 
Ya nada importa. 
Tan sólo tú. Tan sola tú. 
En el borde del precipicio.

Ya no hay frío que te abrace.